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viernes, 26 de marzo de 2010

Mujeres en el espacio


El 16 de Junio de 1963, Valentina Tereshkova(en la foto) se convertía en la primera cosmonauta de la historia. Desde la base de lanzamientos de Baikonur, en una cápsula Vostok, orbitaría la Tierra en 48 ocasiones, sentando así otro precedente en la historia de la exploración del espacio.

Las naves soviéticas Vostok, eran tan simples que carecían de maniobrabilidad, una vez situadas en la órbita, allí se quedaban a la deriva hasta que se procedía a las maniobras para su descenso. La selección de cosmonautas se realizaba entre el personal del ejercito de aviación, pero no se requería una experiencia particular. Para ello fueron seleccionados cinco hombres y posteriormente cinco mujeres, de las cuales solamente Valentina Tereskova volaría. A Valentina no se le permitiría en ningún momento tomar los mandos de la nave, los cuales eran controlados desde tierra, digamos que fue un mero pasajero espacial. Pero su auténtica labor vendría luego como político y luchadora en defensa del movimiento feminista soviético. Mientras tanto, la U.R.S.S. se apuntaba un nuevo tanto de cara a la imagen mundial, no solo aparentaba ser la nación tecnológicamente más avanzada, sino que sus ciudadanos tenían igualdad de derechos y oportunidades. Sin embargo, una vez conseguido el efecto, a las mujeres se las apartaría de la vida activa y...
no se las volvería a tener en consideración hasta diecinueve años después.


(Valentina Tereskova. Canal Odisea)

En el otro lado del mundo, Estados Unidos afrontaba el proyecto Mercuri, seleccionando siete astronautas, todos ellos varones, que llevarían a cabo tal empresa. Fueron conocidos con el sobrenombre de “los siete de Mercuri”. Pero paralelamente, el General de Brigada del Comando de Investigación y Desarrollo de las Fuerzas Aéreas de E.E.U.U. Donal Flickinger y el médico Randolph Lovelace II, presentaron un proyecto a las Fuerzas Aéreas sugiriendo que desde el punto de vista de la ingeniería, sería más práctico mandar al espacio a una mujer que a un hombre. El proyecto fue rechazado de inmediato. Pero los dos hombres no cesaron en su empeño, y contactaron con Jerrie Cobb, una pionera de la aviación en Estados Unidos, a la que sometieron a las mismas pruebas que los aspirantes masculinos. Los resultados fueron tan positivos que se confeccionó una lista de diecinueve voluntarias para pasar las pruebas, las cuales fueron superadas por trece de ellas. A partir de aquel momento se las conocería como: “las trece de Mercuri”. El proyecto no era oficial, y fue en gran parte financiado por el multimillonario Bostwick Floyde, marido de Jackie Cochram, una de las mejores aviadoras de Estados Unidos y aspirante a convertirse en astronauta. El proyecto alcanzaría un nivel popular tan grande que la polémica se dilucidaría en el Congreso. Declararían a favor: Jerrie Cobb, Jane Hart (una de las trece) y Jacqueline Cochram. Y en contra: el administrador de la Nasa, George Low, y los astronautas John Glenn y Scott Carpenter. Pero para estupefacción de los congresistas, Cochram testificó en contra de las mujeres, y la ponencia quedó desestimada. La situación quedaría zanjada con la clausula de que los aspirantes a astronautas, deberían de proceder de pilotos de las Fuerzas Armadas, y no civiles. Claro está que en aquella época las mujeres no eran admitidas como pilotos del ejército. Posteriormente Floyde retiraría la financiación económica al proyecto, y este quedaría en el olvido. Pero la lucha de estas mujeres no terminaría aquí, y seguirían de forma individual luchando por sus derechos. En 2007, la Universidad de Wisconsin-Oshkosh, concedería a ocho de las supervivientes el “doctorado honoris causa”. Es de destacar el caso de Jane Hart, que siendo madre de ocho hijos aún tenía más de tres mil horas de vuelo (recordemos que Gagarin tenía poco más de cuatrocientas), y el de Jerrie Cobb que en 1981 fue nominada al premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria en la selva amazónica.


(Las 13 de Mercuri. Canal Odisea)

Hubo que esperar hasta 1978, cuando la Nasa seleccionó a las primeras mujeres para el programa espacial del Transbordador. Fue entonces cuando los soviéticos haciendo gala de su oportunismo volvieron a preparar precipitadamente a nuevas cosmonautas. En agosto de 1982, Svetlana Savitskaya se adelantó a los norteamericanos ante el anuncio de la puesta en órbita de la primera mujer del programa estadounidense. Savitskaya viajó hasta la estación espacial Salyut 7, y batiría un record femenino de permanencia en el espacio de 113 días. Volvería de nuevo en 1984 para realizar la primera caminata espacial de una mujer. Por último, la tercera y última mujer soviética -mejor dicho ya rusa- en el espacio, sería Elena Kondakova que viajaría a la estación espacial Mir entre los años 1994 y 1995, primero en una Soyuz y luego en el transbordador Atlantis. Casada con el cosmonauta Valeri Ryumin, este nunca vería con buenos ojos la profesión de su esposa, circunstancia que les traería algún que otro problema familiar. A día de hoy, solamente hay una mujer en el cuerpo de cosmonautas rusos, se trata de Yelena Serova que desde el año 2006 se encuentra como aspirante en proceso de entrenamiento a cosmonauta.

El 18 de Junio de 1983, E.E.U.U. pondría en órbita a Sally Ride a bordo del transbordador Challenger, siendo la primera mujer americana en alcanzar el espacio. Sally medía 1,63 y pesaba 52 kgs., parecía como si se hubiese colado en la Nasa por la puerta de atrás, los astronautas ya no tenían que ser de complexión fuerte, lo que primaba ahora era la inteligencia. Entre los requisitos básicos para acceder al cuerpo de astronautas es fundamental tener una carrera de grado superior, principalmente de ciencias. Sally era licenciada en física por la universidad de Stanford. Más tarde en 1984 sería Kathryn Sullivan la que realizaría el primer paseo espacial de una mujer norteamericana.


(Mujeres astronautas. Canal Odisea)

Y en 1995 Eileen Collins, se convertiría en la primera mujer piloto de un transbordador, para en 1999 ser la primera mujer comandante. Eileen, siempre invitaba al lanzamiento de sus vuelos a las miembros del “Mercuri 13”.

El 19 de Abril de 2008, regresaba de la Estación Espacial Internacional, la nave Soyuz TMA-11. A bordo se encontraba el cosmonauta y comandante Yuri Malenchenko, la norteamericana Peggy Whitson (primera mujer comandante de una tripulación de la estación espacial), y la surcoreana So-Yeon Yi, o sea, dos mujeres y un hombre. Por algún motivo, la nave hizo una entrada en la atmósfera con una trayectoria incorrecta, produciéndose unas tremendas aceleraciones y un sobrecalentamiento de la nave que estuvo a punto de explotar (algo similar a lo que le había ocurrido a la Soyuz 5 en 1969). Hasta treinta minutos después no supieron nada de la Soyuz, que cayó a cuatrocientos kilómetros del lugar previsto. Afortunadamente no pasó nada. Poco después, en rueda de prensa, el administrador de la agencia espacial rusa, señor Anatoly Perminov, a la pregunta de que si pensaba que esto podría deberse a la presencia de más mujeres que hombres en la nave respondió: “Como usted sabe, estas cosas en Rusia son de mal augurio, pero gracias a Dios, todo salió bien. Por supuesto, en el futuro, intentaremos que el número de mujeres no supere al de los hombres". Y cuando otro periodista lo acusó de sexista, respondió: “Esto no es discriminación. Simplemente digo que cuando hay mayoría de mujeres, a veces surgen comportamientos no autorizados, o bien ocurren otras cosas...”. Sin comentarios.

En septiembre de 2006, la iraní afincada en Estados Unidos Anousheh Ansari, viajó en una nave Soyuz a la Estación Espacial Internacional en calidad de turista espacial, invitada por la Agencia Espacial Rusa por una módica cifra de veinte millones de dólares. El dinero parece no entender mucho de sexos. Anousheh, se convertiría en la primera mujer turista espacial, al igual que la primera musulmana en alcanzar el espacio.

Cada día el número de astronautas mujeres se equipara mas al de los hombres, incluso en China que cuenta con un gran número de ellas en sus filas. Solamente Rusia, que como dije más arriba, aún sigue siendo bastante sexista, a pesar de la propaganda falsa que siempre ha hecho.


(Eileen Collins. Canal Odisea)

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jueves, 18 de marzo de 2010

La extraña muerte de Yuri Gagarin




La muerte de Yuri Gagarin(en la foto), es otra de las muchas historias que quedarían envueltas en un halo de oscurantismo en la Unión Soviética. En la mañana del 27 de marzo de 1968, Gagarin despegaba en un Mig 15, junto con su instructor de vuelo Vladimir Seregin. A las 10,30 de la mañana, los controladores de vuelo, perderían todo tipo de contacto con la nave. Tres horas después, helicópteros de reconocimiento encontraban los restos del avión cerca de la ciudad de Kirzhach. La escasa información de lo ocurrido, junto con la política opaca de la U.R.S.S., hizo que como siempre surgieran teorías de conspiración que añadirían más morbo al suceso.

Yuri Alekseyevich Gagarin, nació en 1934 en Klúshino, en el oblast de Smolensk, cerca de la frontera con Bileorrusia. De familia campesina, su infancia estuvo marcada por la invasión nazi en plena Segunda Guerra Mundial.



Una vez finalizados sus estudios, trabajó como obrero metalúrgico hasta 1954, año en que se apunta en el aeroclub de la ciudad de Saratov. Un año después, se matricula en la Escuela Militar de Pilotos de Oremburgo. En 1957 se casa con Valentina Goricheva. Y en 1959 se presenta como candidato al cuerpo de Cosmonautas de la Unión Soviética.

La selección de cosmonautas, por aquel entonces, se realizaba en base a unas pruebas físicas, sicológicas y conocimientos técnicos. Entre más de tres mil candidatos, Gagarin consiguió meterse entre los veinte últimos finalistas, que pasaron a engrosar el cuerpo de cosmonautas, para luego ser seleccionado entre los cinco primeros para el proyecto Vostok, junto a una mujer, Valentina Tereskova. Solo faltaba por dictaminar quien tendría el honor de ser el primero en ser lanzado al espacio. Las puntuaciones de Gagarin en las pruebas no eran las mejores, sin embargo su carácter abierto, y amigable le hacía ganarse una buena reputación, no solo entre sus compañeros, sino entre sus instructores. La elección del primer cosmonauta pasaba por ser algo más que un perfecto profesional.



Los soviéticos sabían que si todo salía bien, el primer cosmonauta de la historia pasaría a ser todo un icono mundial, un personaje ejemplar, un símbolo, un arma propagandística, un relaciones públicas, en definitiva todo una estrella fruto de una gran nación y un sistema político como el comunista, ávido de ser imitado por otras naciones. El personaje que reunía estas cualidades era Yuri Gagarin, que además, como colofón procedía de una familia modesta, lo cual daba más realce al ideal comunista.


(Yuri Gagarin. Canal de Historia)

Después del histórico vuelo, la vida de Gagarin cambiaría por completo. Su íntima amistad con Nikita Kruschev le proporcionaría constantes ascensos en su carrera militar. Al chico joven, guapo, simpático y agradable, se le unían ahora: dinero, viajes, fiestas, potentes coches, alcohol, mujeres… En definitiva, los ingredientes idóneos de una vida desordenada que le acarrearía no pocos problemas.

Pero en 1964, la destitución de Kruschev como secretario del partido comunista, llevaría como consecuencia la decadencia en la vida social de Yuri. Con Breznev, no gozaría de las mismas prebendas de su antecesor. El alcohol y las mujeres le acarrearían constantes problemas familiares. Fue entonces cuando se tuvo que enfrentar a la corrupción del partido socialista, a las envidias de militares, e incluso de sus mismos compañeros cosmonautas que le reprochaban su fama por dar solamente una órbita a la Tierra en una nave completamente automatizada. En este momento, Gagarin dejaba de ser el joven ejemplar para pasar a ser una pesadilla en el partido. En un intento por sacarle de la crisis personal, Kamanin (jefe instructor de cosmonautas) le propuso volver a la vida activa de cosmonauta, proponiéndole para pilotar la nueva nave Soyuz que estaba prácticamente lista.

El 24 de Abril de 1967, la nave Soyuz 1 partía para el espacio con el cosmonauta Vladimir Komarov. Como reserva se encontraba Yuri Gagarin, lo cual quería decir, según el protocolo soviético para vuelos espaciales, que de salir todo según lo previsto el próximo en volar sería él. Desgraciadamente, las cosas no serían así, y el vuelo de la Soyuz 1 acabaría siendo la primera tragedia en vuelo de la exploración espacial. A su regreso a tierra, un fallo en el sistema de apertura de los paracaídas hizo que Komarov se estrellara contra el suelo, falleciendo en el acto.



Los viajes espaciales serían considerados a partir de ahora situaciones de alto riesgo, y la Unión Soviética no podía permitirse el lujo de perder el símbolo más preciado del momento. Por esta razón, Gagarin sería apartado nuevamente del programa espacial. Volvería entonces a su gran pasión, la aviación, para lo cual comenzaría una serie de cursillos de actualización, ya que en los últimos nueve años solamente acumularía unas setenta y cinco horas de vuelo.

El 27 de Marzo de 1968, saldría a dar una clase rutinaria con su instructor de vuelo, estrellándose contra el suelo en circunstancias que no fueron del todo esclarecidas. La versión oficial de los hechos apunta a una mala visibilidad en la zona, y a un descenso en picado del cual el avión no consiguió remontar el vuelo. También se apuntan como causas adicionales del suceso a errores del personal de tierra, que no informaron correctamente de la altitud de las nubes en la zona. Por otro lado, los análisis en sangre de los cadáveres no detectaría, como se dijo, que los pilotos hubieran consumido bebidas alcohólicas. Como era habitual en la Unión Soviética en aquella época, rápidamente los informes se archivarían y no se daría más difusión al accidente. Pero como siempre, todo lo que permanece oculto da lugar a comentarios y especulaciones, que complican aún más la situación de lo que se quiere ocultar. Una de las versiones conspiranoicas mas difundida, fue el posible asesinato de Gagarin por parte del KGB, ya que últimamente estaba resultando políticamente incómodo, y no era el personaje ejemplar que todos deseaban. Las demás, son tan rocambolescas que no merece la pena ni comentar.



En 1987 una comisión de científicos reabrió el caso, el cual analizaron con sofisticados programas informáticos, determinando errores importantes por parte de los controladores de vuelo. En primer lugar, dadas las circunstancias climáticas el vuelo debería de haberse suspendido. En segundo lugar, no se informó de la proximidad en la zona de un Mig 21. Y en tercer lugar tampoco se dio la altitud correcta de las nubes. También se dio como probable el mal funcionamiento de algunos equipos del avión. Según el informe, el avión tuvo que hacer un giro brusco quizás causado por la cercanía del Mig 21, las turbulencias desestabilizarían aún más el vuelo del Mig 15, haciéndole entrar en barrena. Por último los errores en los informes sobre la altitud de las nubes terminarían por confundir a los pilotos que se creían a más altura de la real, por lo que no tuvieron tiempo para eyectarse del aparato.



Extrañamente, Aleksei Leonov (primer cosmonauta en realizar un paseo espacial), miembro de la primera comisión que estudió el accidente, manifestó que veinte años después pediría revisar sus informes escritos de su puño y letra, y se encontró conque estos habían sido reescritos por otra persona. Claramente del segundo informe se desprende que algunas personas estaban salvaguardando los hechos para proteger su reputación. En la actualidad, parece probable que la ocultación de errores, y no una conjura política, sea la auténtica explicación del hermetismo en torno a las circunstancias del último vuelo de Gagarin.

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viernes, 5 de marzo de 2010

El lado oscuro del "Aurora 7"





Los comienzos de la exploración espacial, estuvieron sometidos a situaciones de gran peligro. Solamente el buen hacer, y la pericia de los científicos los conseguiría reducir a porcentajes verdaderamente asumibles. No puedo decir lo mismo de la cantidad de militares y politicuchos, que presionaron constantemente a las administraciones para precipitar los proyectos, que los llevaría irremisiblemente a los mayores desastres y tragedias de aquellos años.
Constantemente se producían situaciones, que aunque no terminaban de forma dramática, en la Unión Soviética se silenciaban de forma rotunda. Por otro lado, Estados Unidos con su política liberal y transparente, hacía lo mismo pero de una forma más sutil.
El caso que les voy a contar, sucedió el 24 de Mayo de 1962 a Scott Carpenter(en la foto), el segundo norteamericano que orbitaría la Tierra, después del mítico John Glenn, en el vuelo MA-7 de la Nasa.
Hasta el momento, los norteamericanos habían lanzado cuatro vuelos tripulados al espacio. Los dos primeros, habían sido...
un simple y breve salto sobre la estratosfera. El primero de Alan Shepar, fue todo un éxito teniendo en cuenta su simplicidad. Sin embargo los primeros problemas vendrían en el segundo, donde Gus Grisson perdería la capsula al hundírsele en el agua, una vez había amerizado, por causas que aún hoy en día se desconocen. La siguiente misión sería la de John Glenn, esta vez orbitando tres veces la Tierra. Aquí se viviría la primera situación dramática de la aventura espacial americana. Una vez iniciado el camino de retorno, los indicadores del escudo térmico marcaban una avería en las sujeciones del mismo. Afortunadamente, todo fue un error, pero la incertidumbre hizo pasar un mal rato a los controladores de tierra, que estuvieron a punto de tomar decisiones que pudieron resultar fatales.
Los vuelos espaciales, eran televisados a una gran parte del mundo, acrecentando el morbo y las discusiones sobre la necesidad de asumir tantos riesgos. Por lo que las informaciones llegaban a la prensa de una forma solapada. Este fue el caso de Scott Carpenter en la misión “Mercuri 7”, hasta tal punto que hoy en día, aún no está del todo claro lo que sucedió en su nave, la “Aurora 7”. La misión de Carpenter, consistía en dar un mínimo de tres vueltas a la Tierra, y realizar una serie de experimentos de observación del planeta. Ya cuando llevaba órbita y media, el director de control de tierra Chris Kraft, le recriminó que estaba gastando demasiado combustible. Y al comienzo de la tercera, le ordenaron apagar los sistemas de posicionamiento manual, dejando la nave en modo automático. A partir de este momento, se activaron todos los protocolos para iniciar el camino de descenso. Lo cierto es que hubo un retraso en el encendido de los motores, que los controladores achacarían al propio astronauta, dando un buen susto a los telespectadores cuando no apareció hasta cuarenta y cinco minutos después de lo previsto, ya que cayó a más de cuatrocientos kilómetros de distancia del lugar programado, por lo que su rescate duró más de tres horas.



Rápidamente, la Nasa anunciaría a bombo y platillo el éxito de la misión, acallando así los posibles rumores que se cernían sobre los vuelos espaciales tripulados, pero rodeando este caso de un halo de escepticismo.
Oficialmente, la Nasa justificó el alto consumo de combustible, a un fallo en uno de los sensores de posicionamiento, lo que obligó a la nave a continuas correcciones con el consiguiente gasto, lo cual justificaría también el error del amerizaje. Sin embargo, pronto aparecerían rumores que no dejaban en muy buena situación al astronauta. Parece ser, según se diría, que la experiencia le sobrecogería de tal manera, que quedó extasiado ante el espectacular panorama que se cernía sobre su ventana, abandonando así sus funciones, y dedicándose a disfrutar del paisaje. Lo que está claro es que nunca más volvería a volar. En 1963, solicitaría la excedencia en la empresa, lo cual es considerado por muchos como debido a un cierto malestar con sus jefes. Posteriormente, en 1967, un accidente de moto le dejaría poca movilidad en un brazo, con lo que abandonaría definitivamente el cuerpo de astronautas.
A día de hoy, aun sigue la controversia sobre el caso del “Aurora 7”. Para unos, Carpenter resultó ser un incompetente en su trabajo. Pero para otros, el mal de todos sus males fue la avería del sensor de posicionamiento.
En el año 2001, la BBC, editaría un vídeo titulado: “Accidentes en el espacio”. En él, Scott Carpenter manifestaría:”…imagínate la máxima relajación que puedes alcanzar, eso es lo que es…, la visión desde esa altitud es transcendental. La combinación de esas dos cosas, es al menos adictiva.” Por su lado, Chris Kraft diría: “…creo que disfrutó mucho allá arriba…” Lo que sí está claro es que el personal de tierra no quedó satisfecho con el trabajo de Carpenter. Aunque también hay que decir que siempre existieron roces entre los controladores de vuelo y los astronautas, los cuales eran considerados como los “señoritos” del programa espacial.
Carpenter, siempre defendió su inocencia, achacando el alto consumo de combustible a la propia nave, sin embargo el posterior vuelo de Walter Schirra demostraría que se podía realizar ese trabajo, al volver a tierra con una buena cantidad de combustible.
Fuera como fuese, al día de hoy, lo que pasó en el Aurora 7, aún sigue siendo un misterio. Como diría Scott Carpenter: “Tiene un lado oscuro”.

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martes, 23 de febrero de 2010

Cuarenta años en la Luna


Hace ya cuarenta años que el hombre pisó la Luna, y muchos escépticos dudan aún de tal empresa. Y verdaderamente aquí sí que podemos decir eso de que la realidad supera la ficción. No es para menos, en apenas doce años pasamos de salir por primera vez de la burbuja atmosférica, a adentrarnos en la inmensidad del espacio camino de otro astro. Y es que poner una nave en la Luna supone algo así como disparar una bala desde un caballo al galope, a una diana que se mueve a tres mil setecientos kilómetros por hora y que se encuentra a cuatrocientos mil kilómetros de distancia. Con la dificultad añadida de que la bala ha de rozar la diana, con una precisión tal que de pasar muy cerca equivaldría a que nuestra nave se estrellara contra la superficie lunar, y de pasar muy lejos nos perderíamos en la profundidad del espacio. Todo un auténtico trabajo de ingeniería y precisos cálculos matemáticos. Pero es que no podemos ni imaginarnos, hasta donde pueden llegar nuestros científicos cuando disponen de los presupuestos adecuados.

Y qué decir tiene la honestidad de la NASA, que a pesar de presumir de transparencia informativa, años después nos vamos enterando de que misiones dadas por exitosas estuvieron al borde de la catástrofe. Entre otras, recordemos la reentrada de...
John Glenn, que estuvo a punto de achicharrarse debido a un fallo en el sistema de desprendimiento del módulo de servicio. O del precipitado retorno de Scott Carpenter en la Mercuri 7, que amerizó a quinientos kilómetros del lugar previsto. Y como no, de la misión del transbordador STS-37 que tomó tierra quinientos metros antes de la entrada en pista, a lo cual la agencia norteamericana respondería con un: “todo dentro de la normalidad”.

Pero a pesar de todos estos inconvenientes, hasta cierto punto comprensibles, el fraude de la llegada del hombre a la Luna, sería rizar el rizo. Una prestigiosa nación como Estados Unidos, no podía verse inmersa en semejante mentira. El problema es que nosotros no estábamos allí para verlo, y esto es aprovechado por los conspiranóicos para buscarle cinco pies al gato, y pretender hacernos ver lo que no se ve por ninguna parte. Pero si había alguien interesado en el fracaso Norteamericano, estos eran los soviéticos, que se estaban jugando su reputación como nación y sistema político, y sin embargo, nunca negaron la llegada de los americanos a la Luna. Y es que ellos sí lo pudieron ver en vivo y en directo, puesto que mientras Armstrong y Aldrin descendían al suelo lunar, una sonda soviética controlaba todos sus pasos, al igual que todas sus conversaciones radiofónicas con la base de control. Hablar de fraude sería tomar por estúpidos a los más de doscientos millones de soviéticos de la época. Sería tomar por tontos a los millones de científicos de todo el mundo. En definitiva, sería reírse de toda la humanidad.

Y, ¿Por qué repetir el fraude cinco veces mas? Es absurdo seguir jugando con fuego si todo fuera una mentira. Hubieran quedado muy bien yendo una vez y diciendo allí no hay nada interesante, no nos interesa arriesgar vidas humanas y gastar tanto dinero, así que no volvemos mas. Y, ¿Por qué editar más de veinte mil fotografías, o cientos de horas de vídeo y películas? Con bastantes menos hubiera sido suficiente, y no se daría pié a posibles errores. Habría que tener una absoluta seguridad y arrogancia para no cometer ningún error evidente.

No digamos nada de la cantidad de gente que colaboraría en toda esta jugarreta: cámaras, directores, vestuario, técnicos de iluminación, obreros de todo tipo, etc. etc. Que siempre se podían ir de la lengua, y aportar pruebas intachables. O los mismos astronautas, que dieron infinidad de conferencias, entrevistas, debates, y nunca se ha encontrado algo definitivo que diera al traste con todo.


(Parodia de la grabación de la llegada del hombre a la Luna)

Por último, si examinamos a los partidarios de la conspiración, veremos que son gente sin ninguna cualificación científica que de alguna manera avale sus teorías, gente de profesiones y especialidades diversas que un día encontraron un buen filón para salir en televisión, publicar libros, o escribir artículos. Frente a científicos reconocidos, ingenieros, o afamados profesores de universidad.

Verdaderamente es más fácil ir a la Luna que realizar un montaje sin precedentes como el que algunos proponen. En los años sesenta en Estados Unidos, coincidieron una serie de factores que facilitaron que los presupuestos para la exploración espacial llegaran a cifras que nunca mas se volverían a alcanzar. Y como dije al principio, no podemos ni imaginarnos hasta donde pueden llegar los científicos cuando disponen de dinero.

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La desaparición del cosmonauta Valentín Bondarenko.



Corrían los años cincuenta, y la Unión Soviética comenzaba una nueva era: “la exploración espacial”. En 1957 ponían por primera vez un artefacto hecho por el hombre, en la órbita de la Tierra. Y un mes después, era un ser vivo el que salía de la atmósfera terrestre. El objetivo inmediato ahora, sería lanzar a un hombre al espacio.

En la Unión Soviética, todo lo relacionado con la exploración del espacio estaba a cargo del estamento militar, por lo que se pediría entre las tropas, voluntarios para una misión completamente desconocida. El “espacio” era un entorno tan hostil, que las naves se construirían completamente automatizadas, de tal forma que serían en todo momento controladas desde tierra. El cosmonauta, era un mero conejillo de indias que intentaría sobrevivir en un ambiente de ingravidez, radiaciones cósmicas y aceleraciones brutales. Por tal motivo, la selección humana se haría buscando auténticos superhombres, que fueran capaces de soportar todo tipo de situaciones. De los más de tres mil candidatos, únicamente una veintena llegaron a...
engrosar el cuerpo de cosmonautas, todo ello siempre bajo un secretismo total. Solamente en el caso de esposas y pocas madres, conocían el destino de estos jóvenes.



El hermetismo soviético traería consigo la creación de numerosas leyendas de astronautas que se perdían por el espacio sin poder regresar. Con nombres perfectamente identificables para dar mas veracidad a las historias: Shiborin, Mitkov, Pyotr Dolgov, Belokonev y otros muchos, se harían popularmente famosos, a pesar de no haber existido nunca. Ya en los años noventa, con la “glasnot” y la posterior desaparición de la U.R.S.S., historiadores de la talla de: Asif A. Siddiqi, James Oberg, Robert Zimmerman, etc., entrevistaron a gran cantidad de cosmonautas, directores de vuelo, técnicos, entrenadores, etc. sin obtener ningún resultado positivo sobre la existencia de estos hombres. Solamente un caso de desaparición sería constatado por todos ellos, este era el caso de Valentín Bondarenko(en la foto). Esta historia conoció la luz cuando en 1991, “Golovanov”, un periodista del diario Izvestiya y excosmonauta, lo publicaba treinta años después de acaecer tan terrible suceso.

Bondarenko era uno de los veinte cosmonautas seleccionados para alcanzar la gloria. Las pruebas y entrenamientos que estos hombres deberían de soportar eran de extrema dureza. La última de ellas, consistía en el aislamiento durante quince días, en una cámara presurizada con un índice de concentración de oxígeno del cincuenta por ciento.



Esta prueba estaba diseñada para descartar a aquellos que no estuvieran capacitados para soportar el largo confinamiento de un viaje espacial. Poco tiempo faltaba ya para el lanzamiento del primer hombre al espacio, y Bondarenko era uno de los principales candidatos cuando entró en la cámara. A los diez días de internamiento, fue sometido a una prueba de monitorización médica a través de electrodos sujetos a la piel. Una vez terminada se quitó las ventosas, limpiando los residuos con algodones humedecidos en alcohol. Sin querer, uno de ellos fue a caer sobre un plato caliente diseñado para calentar su comida. Como la atmósfera era rica en oxígeno, saltó una chispa que provocó un incendio dentro de la cámara. Presa del pánico, Bondarenko golpeaba sus ropas tratando de apagarlo, sin conseguir otra cosa que avivarlo aún más. Debido a la baja presión en el interior, se tardarían varios minutos (según cuenta Golovanov) en abrirla. Sin embargo, el doctor Vladimir Golyakhovsky, que atendería al cosmonauta declararía que el tiempo que este permaneció en la cámara fue de media hora. Bondarenko, sería trasladado a un hospital cercano, donde llegó con vida, y balbuceando no cesaba de repetir: “Ha sido culpa mía, ha sido culpa mía”. El doctor Golyakhovsky diría a la televisión: “Le retiré la manta con mucho cuidado, entonces vi un cuerpo completamente calcinado, de un modo que nunca había visto antes, y nunca vi después. No tenía piel, no tenía pelo, ni siquiera tenía ojos. Sabíamos que era mejor mantener las bocas cerradas y no decir nada sobre semejante secreto de estado.” La única parte del cuerpo que quedó intacta fueron las plantas de los pies que habían sido protegidas por la botas. Con gran esfuerzo por parte de los médicos, allí consiguieron localizarle un vaso sanguíneo para administrarle calmantes por vía intravenosa. Era todo lo que los médicos podían hacer por él, aliviarle el sufrimiento en lo posible, pues era evidente que en su estado no podría sobrevivir. Según Golyakhovsky, Bondarenko moriría dieciséis horas después. En el hospital no se dieron detalles del accidente, y sería registrado con el nombre de “Sergeyev”.



La imagen mundial que al régimen soviético, sumido en plena Guerra Fría, pudiera ocasionar este accidente, hizo que fuera acallado bajo pena de prisión en los temidos campos de trabajos forzosos siberianos. Todos los archivos, fotografías, cualquier documento que indicara que algún día Valentín Bondarenko había pertenecido al prestigioso cuerpo de cosmonautas soviéticos, sería destruido. No quedaría ningún rastro de su paso por el centro de entrenamiento de cosmonautas. Ya a finales de los años noventa, su hijo se lamentaría ante la prensa estadounidense del trato ofrecido a su padre por el ejercito soviético; mientras otros cosmonautas eran enterrados con honores en la Plaza Roja, y sus viudas recibían una generosa pensión, a la viuda e hijo de Bondarenko no les quedaría ni el orgullo de poder decir que su esposo y padre, algún día había engrosado la lista de los candidatos a entrar en la historia de la astronáutica soviética. Solo su recuerdo quedó en la mente de sus compañeros, que divulgaron su sacrificio después de la caída del régimen soviético.

Valentín Bondarenko, falleció el 23 de Marzo de 1961 a la edad de 24 años, siendo teniente del ejercito del aire de la Unión Soviética. Fue enterrado en Jarkov (Ucrania), donde había crecido y donde aún vivían sus padres. Dejó una joven esposa (Anya), y un hijo de cinco años (Aleksandr), que llegaría a ser oficial del ejército. En aquellos momentos, Anya trabajaba en el centro de entrenamientos de cosmonautas, trabajo que dejó poco después de la muerte de su marido por razones que se desconocen.

Posteriormente, una serie de cosmonautas serían también borrados de todos los registros militares, debido a expulsiones causadas por indisciplinas, mal comportamiento, o simplemente enfermedades que les hacían incompatibles para su misión. Con la glasnot, todos estos casos hallarían la luz, y hoy en día casi podemos decir sin miedo a equivocarnos, que conocemos el noventa y nueve por ciento de todo lo acaecido en aquellos tiempos en la Unión Soviética. Constatándose así, solamente un caso de desaparición por fallecimiento en la exitosa exploración espacial de la U.R.S.S.

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Laika, un sacrificio para la historia.


El 4 de Octubre de 1957, la Unión Soviética sorprendía al mundo con el lanzamiento del primer satélite artificial, el “Sputnik 1”. Tras el shock inicial de la nación norteamericana, que en ningún momento consideró que los soviéticos pudieran tener una tecnología tan avanzada como para llevar a cabo tal evento, el 3 de Noviembre vuelven a sorprender con otra hazaña de superiores características. Mientras los Estados Unidos buscaban igualar la contienda con el lanzamiento del Vanguard-1, un satélite de 1,5 kgs., frente a los 85 kgs. del Sputnik-1, ahora el Sputnik-2 debía de elevar a la órbita un peso de 508 kgs. Pero lo verdaderamente sorprendente no fue este dato técnico que todo el mundo obvió, sino la presencia en su interior del primer ser vivo que saldría de la atmósfera terrestre. La perrita “Laika”(en la foto) viajaba en su interior, en un viaje al espacio sin retorno.



Laika, era una perra reclutada por el ejército rojo vagabundeando por las calles de Moscú. Por sus cualidades pronto pasó a formar parte del equipo de perros destinados al programa espacial soviético. Pesaba unos 6 kgs. y tenía una edad aproximada de 3 años cuando fue capturada. Después de una rigurosa selección, llegarían a una fase final junto a Laika: Albina y Mushka. Albina sería lanzada en dos ocasiones en un vuelo suborbital para probar la resistencia a grandes alturas. Por su parte Mushka, volaría en el Sputnik 6 falleciendo junto a Pchelka el 1 de Diciembre de 1960 al explotar la capsula en la reentrada. Tiempo después se diría que la capsula había sido explosionada de forma manual al comprobar que debido a un error iba a aterrizar en otro país, pero lo cierto es que cuando llegó el momento de regreso, el retrocohete no funcionó bien, impidiendo la maniobra. El motor no se apagó en el momento previsto, causando una penetración atmosférica demasiado angulada. Los dos perros quedaron atrapados sin posibilidad de recuperación, y murieron carbonizados.

El entrenamiento de estos perros consistía en acostumbrarlos al entorno que encontrarían en su viaje espacial. Para ello, se iba reduciendo sistemáticamente el espacio de sus jaulas, manteniéndoles en un estado de inmovilización durante 15 o 20 días. Rutinariamente se les sometía a grandes ruidos y vibraciones, similares a los que se producirían en el despegue. Las fuertes aceleraciones eran entrenadas en centrifugadoras similares a las que veríamos después con los astronautas. Durante estas actividades tanto la presión arterial como el pulso llegaba a duplicarse, provocando alteraciones nerviosas, disfunciones en el sistema excretor de los animales, al igual que su condición física en general.

El habitáculo en que viajaría Laika, sería tan reducido que solamente le permitiría tumbarse o ponerse de pié. Sujeta a unos arneses para evitar el vuelo en ingravidez, prácticamente no podía moverse. Sobre su cuerpo se le instalaron sensores para controlar sus funciones vitales de forma telemétrica desde el control de tierra.

En el momento del lanzamiento, el ritmo respiratorio de la perra se cuadruplicaría, la frecuencia cardiaca pasaría de 102 latidos a 240. Solamente pasadas tres horas recuperaría su pulso normal, cuando en los entrenamientos esta estabilización se producía en una hora escasa. Esta situación denota el grado de estrés al que se había sometido al animal. Aunque curiosamente los datos telemétricos indicaban que Laika comía.

El hermetismo soviético llevaría a la proliferación de todo tipo de leyendas e informaciones confusas sobre la realidad. De Laika, se dijo que vivió diez días en el espacio, hasta que las reservas de oxígeno se acabaron. También se dijo que al final del depósito de comida a base de gelatina, había un veneno que la haría dormirse lentamente. O que intencionadamente se suministraría un gas letal una vez realizados los experimentos pertinentes. Ante las constantes críticas mundiales de las sociedades para la defensa de los animales, la U.R.S.S. informaría que el animal retornaría vivo a la Tierra, a pesar de que la capsula en que viajaba no tenía sistema de retorno. Pero lo cierto fue que la perra solo sobrevivió unas cuatro órbitas, puesto que desde tierra se habían dejado de recibir señales vitales entre las 5 y las 7 horas del despegue. Debido a un fallo en el sistema de separación de la última fase del cohete y el satélite, estos no se separarían, provocando un sobrecalentamiento en el habitáculo que junto al estrés que venía soportando, serían letales para Laika. Según informaría Dimitri Malashenkov, director del Instituto de Problemas Biológicos de Moscú, en el Congreso Mundial del Espacio, celebrado en Houston en 2002.

La cápsula con los restos del animal daría 2750 vueltas alrededor de la Tierra, antes de que se desintegrara en la atmósfera el 4 de Abril de 1958.

Laika alcanzaría la inmortalidad, apareciendo en obras de numerosos artistas del campo de la literatura, escultura, o música. Muchos países le rendirían tributo insertando su imagen en sellos de correos. En 1997, Rusia colocaría una placa en la entrada del centro de formación de cosmonautas “Ciudad de las Estrellas”, muy próximo a Moscú, donde aparece tímidamente entre las piernas de cosmonautas fallecidos en misiones espaciales. También en Moscú, en el “Monumento a los Conquistadores del Espacio” Laika vuelve a aparecer esculpida. En el 2005 un pedazo de terreno de Marte fue llamado Laika por los controladores de la misión del Mars Exploration Rover. En 1988, el grupo Mecano, en su álbum “Descanso Dominical”, incluyó una canción llamada “Laika” que relata el lanzamiento del Sputnik 2.

Así fue como Laika pasó a encabezar la lista de la cantidad de animales que continuamente son sacrificados en pro de la humanidad.

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Soyuz 5. A veces el diablo va, y se pone de tu parte.




A principios de los años sesenta, la Guerra Fría entre americanos y soviéticos, traslada su campo de batalla al “espacio”. Su objetivo: la Luna. Su objeto: la ostentación de poderío militar. Ambos países rivalizaban mostrando al mundo de forma discreta sus misiles capaces de cualquier cosa. Mientras los americanos caminaban con paso firme y lento, los soviéticos lo hacían dando continuos golpes de efecto: primer satélite en órbita, primer ser vivo, primer hombre, primera mujer en el espacio, etc. etc. … A pesar de la ficticia ventaja, los soviéticos perderían con la muerte de su genio y mentor, Serguei Korolev en 1966, todas las opciones de victoria. Mientras los americanos orbitaban la Luna a finales de 1968, los soviéticos aún estaban haciendo ejercicios de reencuentro y acoplamiento en la órbita terrestre. Y es entonces cuando acaece esta historia, la reentrada mas espeluznante de la carrera espacial.

La nave soviética Soyuz, estaba formada por tres cuerpos: El primero era el módulo orbital que era...
un pequeño habitáculo ovoide que servía de almacén, o para realizar experimentos. El segundo, con forma acampanada, era el módulo de descenso, donde viajaban los cosmonautas; en su parte superior había una escotilla que daba paso al módulo orbital, junto al paquete de paracaídas, y en su parte inferior estaba el escudo térmico y los retrocohetes que suavizaban el contacto con el suelo en el descenso. Y por último, el módulo de servicio de forma cilíndrica, que portaba todo el sistema mecánico de la nave.



En el momento de la reentrada, la nave soltaba el módulo orbital que se desintegraba contra la atmósfera. Una vez realizadas todas las maniobras pertinentes, se desprendía también del módulo de servicio, quedando en caída libre el módulo de descenso que afrontaba el fuerte calor de la fricción atmosférica con el escudo térmico. Por último se habrían los paracaídas y a pocos metros del suelo arrancaban los retrocohetes que suavizaban el contacto.

El 14 de Enero de 1969, la nave Soyuz 4 partía del centro de lanzamientos de Baikonur con el cosmonauta Vladimir Shatalov, rumbo al espacio. Al día siguiente lo haría también la Soyuz 5, en esta ocasión con tres cosmonautas: el comandante Boris Volynov(en la foto), el ingeniero de vuelo Aleksei Yeliseyev, y el especialista Yevgeny Khrunov. El objeto de la misión era acoplar las naves en el espacio, transbordar a dos de sus ocupantes de una a otra y retornar a tierra. Todo iba correctamente según los planes preestablecidos, hasta que llegó el momento de realizar la maniobra de reentrada de la Soyuz 5, ahora con un solo ocupante, el cosmonauta Boris Volynov. El módulo orbital se desprendió correctamente, sin embargo cuando ya se encaraba el contacto con la atmósfera, el módulo de servicio quedaba atascado y sujeto al módulo de descenso. En tal situación, la nave afrontaba el choque atmosférico con la escotilla de acceso al módulo orbital y no con el escudo térmico. Boris comunicó el problema a la base, pero estos se quedaron impotentes ante la situación. Intentó varias maniobras sin éxito, lo que le llevó a agotar el poco combustible de que disponía. La fricción exterior contra la atmósfera iba subiendo la temperatura en la capsula. Las gomas que sellaban la escotilla de acceso al módulo de servicio, se fundían y desprendían un humo negro asfixiante. Curiosamente Bolynov mantenía la serenidad, y arrancaba las hojas del libro de a bordo para colocarlas en el centro del mismo, y guardarlo entre sus ropas con el fin de protegerlo lo más posible, a la vez que grababa en la caja negra todas las incidencias que se iban produciendo en su trágico descenso. Puesto que la maniobra se estaba realizando de forma invertida, Boris permanecía colgado de los arneses de seguridad y no sentado sobre su sillón, situación ésta muy incómoda, incluso dolorosa. Cuando la temperatura se hacía insoportable, un fuerte golpe sacudió la nave, y de repente Bolynov caía sentado en su sillón. El módulo por fin se había desprendido, y la nave caía ahora con el escudo térmico por delante. El cosmonauta respiraba aliviado, se había salvado de una muerte segura. Pero poco le duraría esta tranquilidad. La nave caía descontrolada y girando sobre su eje, el combustible estaba completamente agotado, y los motores encargados de recuperar la estabilidad no se encendían. Llegado el momento, los paracaídas se abrirían de forma automática y quedarían enroscados sin posibilidad de abrirse, como así ocurrió. Ahora, Boris, se resignaba a morir aplastado. Pero cuando estaba a pocos metros del suelo, los paracaídas fueron cogiendo aire y rápidamente se abrieron. Por segunda vez en pocos minutos se salvaba de una muerte más que segura. La falta de combustible hizo que los retrocohetes de frenado no se encendieran, y el impacto contra el suelo fue terrible, hasta el punto de partirse varios dientes. Pero las penalidades no acabarían aquí. La capsula había caído en los Urales al atardecer y en medio de una fuerte nevada. La temperatura exterior marcaba 38 grados bajo cero. El equipamiento del cosmonauta no estaba preparado para aquellas temperaturas, y los helicópteros no localizaban el lugar de la caída. Todo apuntaba a que tendría que pasar la noche allí, y en aquellas condiciones la muerte le sobrevendría por congelación. Sabía que allí no se podía quedar, y que con aquella ropa no podría ir muy lejos. Decidió salir a la aventura, y después de andar a duras penas por la nieve, vio que detrás de una arboleda salía humo. Efectivamente, allí había una cabaña de un pastor que lo acogió aquella noche dándole abrigo. Al día siguiente los helicópteros localizaron la nave, y siguiendo las huellas dejadas por Volynov llegaron a la cabaña donde fue rescatado.

Pero las gracias y desgracias de Volynov no acabarían aquí. Pocos días después, en una cabalgata de cosmonautas en coches por las calles de Moscú, un francotirador erraba su tiro matando al conductor del coche en que viajaba Boris, el coche se estrelló y los cosmonautas resultaron con lesiones leves.

Como dice Joaquín Sabina: “A veces el diablo va, y se pone de tu parte”.

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Korolev y el Sputnik



Cuando en 1945 acabó la II Guerra Mundial, la nación soviética se hizo la siguiente reflexión: “En el plazo de dos siglos hemos tenido dos grandes invasiones por naciones rivales: en el siglo XIX Napoleón, y en el XX Hitler. Hemos de tratar de evitar que esto vuelva a suceder”. A partir de este momento los soviéticos iniciaron una política armamentística con el único objetivo de ser la nación más poderosa del mundo. El hipotético y mayor rival a batir eran los Estados Unidos, solo ellos tenían un arma que podría destruirlos de un plumazo, “la bomba atómica”. Por ello, todos sus esfuerzos se encaminarían en conseguir la terrible arma. En 1949 se realizaban las primeras pruebas nucleares con un éxito total.

Pero ahora aparecía un segundo problema: ¿Cómo lanzar esta bomba desde la Unión Soviética y ponerla en cualquier punto del mundo? Por su parte los norteamericanos poseían bases estratégicas repartidas por todo el planeta, desde donde sus potentes bombarderos podrían despegar, y viajando a grandes alturas alcanzar los objetivos más insospechados. Las miradas soviéticas se dirigían ahora hacia la cohetería. Los famosos “V2” alemanes habían demostrado el potencial de esta nueva forma de transporte. Comenzaba entonces
, un nuevo reto de la tecnología armamentística.

Las purgas de Stalin, receloso en especial de todos aquellos científicos que pudieran poner en peligro su situación de poder, llevó al país a prescindir de una buena parte de los mejores cerebros. Pero esta situación no duraría mucho, pronto comprenderían que una nación no podía progresar teniendo a sus científicos encarcelados.

Uno de estos científicos era Serguei Korolev(en la foto), un piloto probador de aviones con unos amplios conocimientos en ingeniería aeronáutica y aficionado en su juventud a la cohetería. Bajo la dirección de Tupolev, el famoso fabricante de aviones, participaría muy directamente en la construcción de los cohetes Katiusha, que tantos estragos harían en el frente alemán de la II Gerra Mundial.

Pronto el ejército soviético vería en Korolev al hombre mas capacitado para emprender la obra de fabricar el que sería el “ICBM” (misil balístico intercontinental). Para ello en 1955 en Tyura Tan actual Republica de Kazajistan, se comenzarían las obras de construcción del que sería, aún hoy en día, el mayor cosmódromo del mundo. Poco después se daría a conocer esta base de lanzamiento con el nombre de “Baikonur”, ciudad situada a cuatrocientos kilómetros al norte, y con el único fin de despistar a los agentes de la inteligencia norteamericana.

En Agosto de 1957, se realizarían las primeras pruebas del lanzador “R-7”, con un formato que aún hoy en día se sigue usando en Rusia como lanzador de las naves Soyuz. El cohete se componía de dos fases, con cuatro propulsores en su base y un total de treinta y dos motores que deberían funcionar con toda precisión al unísono.

En 1954 la recién creada Organización de Naciones Unidas declararía a la segunda mitad del año 1957 y todo 1958 como “Año Geofísico Internacional”. Ante tal evento los norteamericanos anunciarían la puesta en órbita de un satélite artificial para esas fechas, a lo que automáticamente responderían los soviéticos anunciando el mismo proyecto.



En ningún momento el mundo y en especial la nación americana, consideraron la tecnología de la U.R.S.S. capacitada para llevar a cabo tal empresa.


Al atardecer del 4 de Octubre de 1957, Serguei Korolev y su equipo, lanzarían desde la base de Baikonur en la ojiva de un R-7, el primer satélite artificial al que llamarían “Sputnik”, que quiere decir “viajero”. El Sputnik tenía forma esférica, con un diámetro de 58 centímetros, 84 kilogramos de peso, y cuatro antenas de tres metros de longitud. Llevaba en su interior un equipo de radio para su localización, que emitía un: “bip, bip”, que luego se haría famoso a nivel mundial, y cuya frecuencia se encontraba en la mitad de la banda de los radioaficionados norteamericanos, crispando así los ánimos de toda la nación cuando cada hora y media pasaba sobre sus cabezas. Estaría en vuelo tres meses, hasta que debido al roce con la escasa atmósfera existente en su baja órbita (920 km. en su apogeo y 250 km, en su perigeo), perdería velocidad cayendo a tierra y desintegrándose con el fuerte calor de la reentrada.



Curiosamente, los soviéticos no le dieron al evento una gran importancia. Nikita Kruschef comentaría:”Otro cohete mas de Korolev”. Por otro lado el diario Pravda solo publicaría unas líneas en primera página. Sin embargo, en los Estados Unidos la noticia sentaría como un jarro de agua fría, sería un duro golpe a la política de Eisenhower. Al conocerse en Moscú el revuelo creado en todo el mundo, al día siguiente Pravda dedicaría toda la primera página a comentar la gran hazaña.

En 1958 la Fundación de los Premios Nóbel solicitaría al Kremlin la información necesaria sobre la persona artífice del lanzamiento del Sputnik 1, para otorgarle tan preciado galardón. La negativa soviética a prestar cualquier tipo de información considerada de alto secreto militar, privaría a Korolev de obtener tal distinción. Solamente el mundo conocería su nombre cuando en 1966 fallecía victima de una complicación en una operación para extirparle un tumor.



Serguei Korolev era un hombre afable, con un gran poder de persuasión y que destinaba un día a la semana a atender las reclamaciones de sus empleados. Su fallecimiento provocaría el caos en el programa espacial soviético, debido a los diferentes grupos de constructores que rivalizaban por conseguir los mejores presupuestos. En “la carrera espacial”, los soviéticos quedarían en clara desventaja frente a los norteamericanos, viéndose poco después obligados a tirar la toalla en su objetivo lunar. Pero aún tendría tiempo de dejar prácticamente terminado el diseño de la nave Soyuz, que cuarenta años después a pesar de los cambios lógicos de la nueva tecnología, aún sigue manteniendo el mismo formato de tres cuerpos, y sirve de pequeño utilitario de transporte a la Estación Espacial Internacional. Los objetivos de Korolev nunca estuvieron encaminados a conseguir misiles capaces de destruir el mundo, sino que aprovechó los presupuestos militares para lograr la ilusión de su vida, poner un hombre en la Luna, objetivo este que nunca vería cumplido, pero su satélite artificial sería uno de los avances científicos mas importantes del siglo XX.

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