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jueves, 10 de noviembre de 2011

Soyuz 18A. El lanzamiento mas accidentado.

Los cosmonautas Vasily Lazarev y Oleg Makarov.

Si vamos a los números, la exploración espacial a los americanos les ha supuesto 14 bajas en vuelo (los dos transbordadores), mientras que a los soviéticos solamente 4 (la Soyuz 1 y la 11). Sin embargo estos últimos siempre estuvieron continuamente al borde del desastre y en casi todas las ocasiones les acompañó la suerte. Este es uno de esos casos, el de la Soyuz 18 A.
Una vez fueron derrotados los soviéticos en la carrera lunar, estos se centraron en la creación de estaciones espaciales, cosa en la que adquirieron una gran experiencia que fue de vital importancia en la construcción de la Estación Espacial Internacional.
Ya habían puesto en órbita cuatro estaciones Salyut, cuando se disponían a enviar el segundo reemplazo a la Salyut 4. Estaba compuesto por los cosmonautas Oleg Makarov y Vasily Lazarev. Este lanzamiento se le denominó en occidente: “18 A”. Debido a que los soviéticos no asignaban un nombre oficial a sus misiones hasta que sus naves no alcanzaban la órbita terrestre. Esta misión fue abortada por lo que nunca llegaría a tener nombre, siendo conocida como “la anomalía del 5 de abril”, dejando el nombre de Soyuz 18 para la siguiente misión.
El 5 de abril de 1975, Lazarev y Makarov fueron los primeros en experimentar un fallo de un cohete lanzador durante una misión tripulada, aunque afortunadamente sin graves consecuencias.
El lanzamiento de la Soyuz se realizó con un cohete del mismo nombre. En un principio todo marchaba correctamente. Una vez agotado el combustible se desprendieron los cuatro cohetes laterales que forman la primera atapa. El núcleo central seguía ahora solo, ejerciendo el empuje necesario para alcanzar la velocidad orbital. A los 2 minutos y 40 segundos la torre de escape fue expulsada. La torre de escape consiste en unos motores colocados en la ojiva del cohete, que en caso de fallo en el lanzamiento, arranca el habitáculo de los astronautas y lo aleja del resto del conjunto. Se encontraban ya a 180 km. de altura y de producirse algún fallo la nave podía abortar el lanzamiento por sí misma. Pero a los cinco minutos del lanzamiento se terminó de consumir el propulsante de la segunda etapa, y aquí comenzaron los problemas. La separación de esta etapa y la tercera falló, entrando en funcionamiento los motores de esta última y llevando colgada consigo la segunda. Algunos de los cierres que debían de soltarse no lo hicieron y la nave volaba ahora de forma incontrolada dando tumbos. La tripulación solicitó al control de tierra que abortasen la misión, pero las señales que recibían los controladores eran tan exageradas que pensaron que se trataba de un falló de sus instrumentos. Entonces se mantuvo una desesperada discusión entre ambos grupos hasta que los equipos de seguridad de la Soyuz detectaron el problema y activaron automáticamente la secuencia dirigida a abortar la misión. A partir de este momento la nave comenzó todo un protocolo de maniobras con el fin de retornar a los cosmonautas sanos y salvos a tierra, los cuales funcionaron a la perfección. Para ello la cápsula se separó del resto del cohete y a continuación el módulo orbital, para de esta forma proceder al descenso controlado. Ya se encontraban a mas de 180 km. de altura y al velocidad era de 17.000 Km/h. Pero la posición en que se encontraba la Soyuz iba a hacer que la reentrada fuera extremadamente brusca, llegando a alcanzar aceleraciones de hasta 20 g. Como diría Makarov: “Más allá de 10 g. no puedes respirar”. Así todo, la nave seguía comportándose de forma precisa, y a los 10 km. de altura, el paracaídas se desplegó correctamente.
El problema ahora sería el lugar de aterrizaje, puesto que no hubo tiempo para realizar ninguna maniobra que llevara la capsula a un lugar idóneo. El lugar elegido por el azar fue la cordillera Altai, en la Siberia Occidental, cerca de la frontera con Mongolia en un territorio controlado por los chinos, con los cuales en aquellos momentos las relaciones eran bastante tensas. Más concretamente la Soyuz fue a caer sobre la ladera de una montaña cubierta de nieve, por la que fue rodando hasta que los cordajes del paracaídas se engancharon entre la arboleda, frenándola de esta manera cuando ya estaban al borde de un precipicio. Ambos cosmonautas sufrieron graves lesiones internas debido a la reentrada y la posterior caída, hasta el punto de que Lazarev no volvería más a volar.
Pocas horas después, los cosmonautas y su nave eran rescatados por helicópteros del ejército soviético en una misión más propia de una situación de guerra. La versión oficial diría que la cápsula había sido recogida en las montañas Altai, pero en territorio soviético. Afortunadamente, los chinos no se enterarían de esta acción.
A pesar de tantas calamidades y debido a que no llegaron a alcanzar la órbita, a los cosmonautas en un principio se les denegó la prima de 3.000 rublos que el estado concedía a todos aquellos que volaban al espacio. Tuvieron que llegar con su súplica hasta el mismísimo Brezhnev para que les fuera concedida.
En occidente se conocería esta misión como la “Soyuz 18A”, quedando el nombre de “Soyuz 18B”, para la que sería oficialmente llamada por los soviéticos como la “Soyuz 18”. Es de destacar en esta misión el perfecto funcionamiento de los componentes de la nave en casos extremos, gracias a los cuales no se produjeron desgracias personales.

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viernes, 11 de febrero de 2011

Soyuz 11. El retorno mas triste.


A principios de los años setenta, los soviéticos orientaban la exploración espacial hacia la instalación de estaciones en la órbita terrestre que les permitieran adquirir la experiencia suficiente de cara a misiones futuras de alta envergadura. Para ello el 19 de abril de 1971 lanzaban al espacio la primera estación espacial denominada Salyut 1. En un primer intento por parte de la Soyuz 10 de intentar ocuparla, se tuvo que desistir debido a fallos técnicos en el sistema de acoplamiento. En un nuevo intento con la Soyuz 11, los cosmonautas: Giorgi Dovrovolsky, Viktor Patsayev y Vladislav Volkov, consiguieron entrar en la estación y permanecer en ella un espacio record de 24 días.
Como era habitual en el sistema soviético, las misiones espaciales se programaban de forma ultra secreta, desconociendo la mayoría de las veces hasta sus mismas familias los entresijos de las misiones. Ni siquiera había ocasión para despedirse, puesto que los familiares de los cosmonautas se enteraban de los lanzamientos cuando estos ya estaban en pleno vuelo. Una vez en órbita, las comunicaciones se realizaban a través de grabaciones en cintas magnetofónicas que las esposas e hijos grababan previamente y luego eran enviadas (una vez pasada la censura), uno o dos días después a los cosmonautas. Estos a su vez, grababan sus mensajes mediante una cámara de televisión que eran entregados un tiempo después a sus familiares.
La estancia prolongada en la estación espacial, hizo que comenzaran a producirse los primeros enfrentamientos de convivencia en el espacio, hasta el punto de que el retorno de la misión tuvo que adelantarse unos días. Solo los breves mensajes que recibían de sus familiares servían de relajación a los tres cosmonautas que los últimos días vivían situaciones de una gran tensión.
Es el día de hoy que Marina, la hija mayor de Dobrovolsky, que en aquel entonces contaba con 12 años, aún recuerda lo mucho que echaba de menos a su padre, “Quería que volviera a casa”, aún recuerda con tristeza. Para Patsayev, el deseo de volver a casa era igual de fuerte, en las grabaciones recibidas pudo oir a su hija Svetlana tocarle una canción al piano, luego le describió su trabajo en clase y lo bien que se estaba portando, lo cual le llenó de orgullo. Por su parte Volkov, que había tenido desavenencias con sus compañeros deseaba retornar a tierra cuanto antes. Se llegó a comentar que unos días antes del vuelo de la Soyuz 11, había visitado a un vidente que le predijo que esta sería su última misión espacial. Fuese verdad o mentira lo mejor era volver cuanto antes con su mujer e hijos.
Por fin el 29 de junio de 1971, los tres cosmonautas se acomodaban en la Soyuz para iniciar el viaje de descenso. El primer incidente se produjo cuando al cerrar la escotilla que les separaba de la estación, la luz de seguridad que indicaba el correcto sellado de la capsula no se apagaba, indicando que aún permanecía abierta, lo cual podía producir una descompresión de la Soyuz y una muerte inmediata por asfixia de los tripulantes. Tras varios intentos y pasados más de veinte minutos, por fin consiguieron cerrar la escotilla y que la luz se apagara, añadiendo más tensión a una tripulación con los nervios a flor de piel. Siguiendo los protocolos pertinentes, pasados unos minutos, ambas naves se separaron y la Soyuz encendió los retrocohetes que la harían poco a poco comenzar el descenso de retorno.
Una vez frenada la nave y con el camino de retorno ya trazado, los módulos de servicio y orbital se separaban del de descenso mediante explosiones pirotécnicas que arrancaban los anclajes que las unían. En este momento comenzó a oírse un silbido similar al de una olla a presión, era evidente que la capsula se estaba descomprimiendo. El silbido les entraba por los micrófonos y les salía por los auriculares, dificultando así su localización. Rápidamente Dobrovolsky quitó su cinturón de seguridad y se abalanzó sobre la escotilla, pensando que ésta aún no estaba bien cerrada. Volkov y Patsayev también desabrocharon sus cinturones intentando localizar el lugar por donde se estaba descomprimiendo la capsula. El problema lo encontraron en una válvula alojada bajo el asiento de Dobrovolsky, trataron de cerrarla de forma manual, pero ya era demasiado tarde. Los cosmonautas empezaban a perder el raciocinio, unos segundos después perdían el conocimiento y un par de minutos después habían muerto. La muerte de los tres cosmonautas se había producido no solo por asfixia, sino también por el estallido de los vasos y órganos internos ante la ausencia de presión exterior. Resulta curioso, pero debido al nerviosismo, los cosmonautas no tuvieron la simple ocurrencia de tapar con un dedo la válvula mientras procedían a cerrarla manualmente.
La nave Soyuz continuó su descenso de forma automática, abriendo su paracaídas y encendiéndose los retrocohetes al contacto con el suelo. Durante estos trágicos momentos no se habían mantenido conversaciones con los cosmonautas debido a encontrarse la nave fuera de la cobertura radiofónica que en aquel entonces no alcanzaba la totalidad de la órbita terrestre, mas tarde también se entraba en la zona de pérdida de comunicaciones por la reentrada, con lo que el control de tierra no tuvo constancia de lo que estaba ocurriendo. Una vez la capsula tocó tierra, los controladores empezaron a sentir que algo no iba bien, debido al silencio en las comunicaciones. Poco después llegaban los equipos de rescate, y cuando abrieron la escotilla encontraron a los tres hombres muertos.
La causa oficial del accidente informa sobre la apertura de una válvula en el momento de la separación con el módulo orbital, que produjo la descompresión de la Soyuz. Durante los dos años siguientes, los soviéticos llevaron a cabo un importante rediseño de la nave Soyuz, limitando las tripulaciones a dos hombres y utilizando trajes espaciales en las maniobras de ascenso y descenso.
Muy lentamente el aperturismo estaba llegando a la Unión Soviética y ya resultó muy difícil ocultar el accidente, como lo habían hecho en otras ocasiones, por lo que resultó aún más doloroso debido a la trascendencia pública que tuvo. Los tres cosmonautas recibieron sepultura en la Plaza Roja con todos los honores.
Para las esposas y los hijos de los cosmonautas sus vidas cambiaron por completo. Marina Dobrovolsky recuerda al Historiador Robert Zimmerman: “Toda nuestra vida cambió…, antes mi infancia era luminosa y feliz , después todo fue oscuridad y tragedia…” El fracaso de la misión hizo que muchos de los participantes del programa espacial se sintieran avergonzados, y en consecuencia, las familias de los fallecidos fueron abandonadas por los amigos e ignoradas por la pequeña y cerrada comunidad espacial en la que vivían. Algunas de las esposas no pudieron llegar a superar la pérdida y el abandono. Como diría la hija de Dobrovolsky: “Mi madre murió de tristeza…”.

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martes, 2 de noviembre de 2010

Apolo 8. La misión mas arriesgada.


Si hablamos de las grandes misiones de la exploración espacial todo el mundo se acuerda de Yuri Gagarin, de John Glenn, del Apolo 11, o como no, del Apolo 13 que tuvo los corazones de todo el mundo en un puño durante unos días. Sin embargo nadie se acuerda del Apolo 8, y dentro de mi modesta opinión fue la misión más arriesgada de todas las habidas hasta la fecha, ya que el Apolo 8 abriría el camino hacia la Luna. Hasta este momento teóricamente los soviéticos iban por delante de los americanos en la carrera espacial, siempre todos los éxitos eran a cargo de los primeros, pero ahora serían los estadounidenses los que comenzarían a batir records.

Tras el retraso en el programa espacial americano producido por el accidente del Apolo 1, se produjeron varios lanzamientos de prueba todos exitosos, hasta que llegó el momento de lanzar un vuelo tripulado, el Apolo 7. Éste se limitaría a hacer una serie de prácticas en la órbita terrestre, y su lanzador era una variante menos potente del Saturno V, el Saturno IB. El siguiente vuelo estaba programado para realizar una serie de maniobras con el módulo lunar de descenso también en la órbita terrestre, pero aparece el primer problema, y era que aún no estaba totalmente terminado. Para evitar retrasos, se decidió alterar el orden de los vuelos, ya que la siguiente misión consistiría en orbitar la Luna, y para eso no haría falta el módulo lunar, por lo que fue el Apolo 8 el que se encargaría de esta misión. Pero la misión no dejaba de ser complicada, ya que los astronautas no tenían el tiempo suficiente para un correcto entrenamiento. Para ello se designó a tres de los grandes astronautas americanos: el comandante Frank Borman, el piloto del módulo de mando James Lowell (sustituyendo a Michael Collins debido a una lesión en la espalda y quedando relegado al Apolo 11), y el piloto del módulo lunar Willian Anders.

A pesar de todo, los soviéticos parecían seguir de cerca los pasos de los americanos, ya que los servicios de inteligencia fotografiaban un enorme cohete listo para ser lanzado en la base de Baikonur. Era este el “N 1”, un cohete de similares características al Saturno V, con capacidad para llevar un hombre a la Luna, pero que nunca llegó a hacerlo. De todas formas no se podía perder tiempo, y el 21 de diciembre de 1968 el Apolo 8 era lanzado al espacio con destino la Luna.

En el despegue del Apolo 8 hubo pequeños problemas, fallos en el motor que alargaba los encendidos y la órbita no fue del todo perfecta. Pero poco después se encendía la tercera etapa del Saturno V, iría aumentando la velocidad y ampliando la órbita hasta que suavemente se fue escapando de la atracción terrestre y con rumbo a la Luna. Era la primera vez que un ser humano abandonaba la Tierra en dirección a otro planeta. También era la primera vez que un ser humano alcanzaba una velocidad de 40.000 kilómetros por hora, que es la velocidad de escape de la Tierra. Por el espacio nos movemos realizando órbitas, y era la primera vez que un ser humano abandonaba la órbita terrestre para incorporarse a una órbita solar y después a una lunar.

Y ahora llegaba la fase más complicada de la misión, la llegada a la Luna. Hasta este momento todas las maniobras se habían hecho mediante complicados cálculos matemáticos sobre el papel, y mediante simuladores, pero ahora todo era real y estaba en juego la vida de tres personas, y todo un programa espacial que contaba con muchos detractores. La llegada a la Luna debía de ser muy precisa, un error en la velocidad o en el ángulo de aproximación y los astronautas podían terminar estrellándose contra la Luna o perdidos en el espacio. Tras 61 horas de vuelo, realizaron un nuevo encendido de corrección que frenó la nave para que pudiera ser atraída por el campo gravitatorio de la Luna. A las 69 horas de misión, la nave Apolo entró en la parte posterior del satélite quedando completamente incomunicados con tierra, en este momento se volvieron a encender los motores que dejarían al Apolo en órbita lunar. Esta maniobra era la mas delicada de la misión, de no ser correcta los astronautas no volverían con vida. Por primera vez un ser humano veía en directo la cara oculta de la Luna. Mientras en Houston, los controladores se tomaban un pequeño descanso lleno de tensión. Un reloj en cuenta atrás marcaba el momento en que se deberían de reanudar las comunicaciones, de hacerse antes o después dependía el fracaso de la misión. Cuando el reloj llegó a cero se oyó, de forma matemática, de nuevo a los astronautas que aparecían por el otro lado de la Luna. Todo había sido correcto, y los pasajeros veían también por primera vez aparecer la Tierra sobre el horizonte lunar, realizando una de las fotografías mas espectaculares del siglo XX. De esta manera también se batiría un nuevo record, en este caso de altura ya que se encontraban a unos 380.000 kilómetros de la superficie terrestre. Esta maniobra quizás haya sido la más delicada de toda la exploración espacial hasta la fecha.


A partir de este momento orbitarían la Luna en diez ocasiones y emprenderían de nuevo el camino a casa. James Lowell volvería de nuevo a la Luna, pero tampoco en este segundo vuelo tendría la suerte de posarse sobre ella ya que el famoso accidente del Apolo 13 hizo abortar la misión.

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lunes, 20 de septiembre de 2010

El primer paseo espacial


A principios de los años sesenta la humanidad emprendía la carrera más larga de la historia. La meta nunca había estado tan lejos, la Luna, y los competidores las dos potencias económicas resultantes de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambos competidores afrontaban el reto con dos proyectos similares, por el lado soviético el programa Vostok, y por el americano el Mércuri. En ambos casos la tripulación de estas naves constaba de un solo pasajero, y una vez puestas en órbita carecían de capacidad de maniobrabilidad, o sea, solamente podían cambiar de órbita para descender.

Una vez acabado este programa, los americanos anunciaban el siguiente paso, el proyecto Gémini. Mucho más ambicioso que el anterior, se pretendía realizar cambios de órbita, encuentros y acoplamientos, paseos espaciales, y todo lo necesario para lo que luego sería el viaje a la Luna. Por su parte los soviéticos se dormían en los laureles, y ante la inminente entrada en servicio de las Gémini americanas, Kruchev instaba a su jefe del programa espacial, Korolev, a colocar no solo dos cosmonautas en el espacio sino tres. Korolev y su equipo trabajaban en la nueva Soyuz, pero a esta aún le faltaban dos años de trabajo, por lo que ingeniosamente decidió hacer una serie de modificaciones en la Vostok al objeto de incluir tres pasajeros donde antes solo iba uno. Para ello se asumieron una serie de riesgos como no llevar los cosmonautas traje espacial, o pocas reservas de oxígeno.A la izquierda la nave Vostok con un solo tripulante. En el centro la nave Voskhod 1 con tres tripulantes donde antes había solo uno. Y a la derecha la nave Voskhod 2 con dos tripulantes y la esclusa de salida al espacio.

Apareció así el que sería el proyecto Voskhod. El viaje sería un éxito, y el ambicioso Kruchev ahora aún quería más: una salida extravehicular. Los tanques de oxígeno de las Voskhod no tenían capacidad para una vez despresurizada la cápsula volver a presurizarla, por lo que ideó un sistema consistente en instalar un habitáculo intermedio donde el cosmonauta accedería al exterior, sin tener que despresurizar por completo la nave. Este habitáculo consistía en un tubo hinchable, como pasillo donde se efectuaba la descompresión para la posterior salida al exterior.Recreación de la nave soviética Voskhod 2 con su esclusa.

El 18 de Marzo de 1965 despegaba de Baikonur la Voskhod 2 con los cosmonautas Pavel Belyayev y Alexei Leonov(en la foto). Una vez alcanzada la órbita los cosmonautas se pusieron manos a la obra, Belyayev desplegó la esclusa hinchable y procedió a presurizar el nuevo habitáculo. Cuando se hubieron igualado las presiones abrió la compuerta interior por donde se introdujo Leonov con la cabeza por delante. A continuación se cerraría la compuerta y se procedería a la despresurización de la esclusa, una vez terminada se abriría la compuerta exterior y poco a poco Leonov iría saliendo al espacio. Más tarde recordaría: “Era una sensación extraordinaria. Nunca había sentido nada igual. Flotaba en libertad sobre el planeta Tierra y lo veía… veía como rotaba majestuosamente debajo de mí…” Al principio las cosas iban muy bien y Leonov disfrutaba de la nueva situación, pero pasados 10 minutos sintió que la situación se le escapaba de las manos. Debido a la presión interior del traje, este se fue deformando poco a poco. En una entrevista celebrada en el año 2000, diría: “Aunque en un principio el traje me estaba ajustado, mis pies se salieron de las botas y mis manos escaparon de los guantes. El trabajo se hacía imposible, intentaba coger los asideros y mis dedos no los agarraban…” Leonov intentaba volver al interior de la esclusa porque la situación de hacía insostenible, pero debido a lo hinchado que estaba el traje le resultaba imposible entrar por la compuerta. Entonces decidió despresurizar parcialmente su traje, sin consultar con el control de la misión: “…No pregunté a tierra sobre esto. Pensé que no tenía tiempo para ello. Podía imaginarme la cantidad de discusiones que seguirían y al fin y al cabo era yo quién tenía que hacerlo… Decidí que había estado respirando oxígeno el tiempo suficiente como para prevenir la formación de burbujas de nitrógeno en la sangre. Existía cierto riesgo pero no podía hacer otra cosa, y una vez hecho todo empezó a ir normal…” Comenta Leonov. Poco a poco se fue introduciendo en la esclusa, pero con los nervios lo hizo con la cabeza por delante, y en esta situación no podía cerrar la compuerta exterior. Estaba agotado y ahora se encontraba con el problema de tener que darse la vuelta dentro de la esclusa. La altura de Leonov con el traje puesto era de 1,90 metros, sin embargo el diámetro de la esclusa era de 1 metro. Tuvo que hacer un gran esfuerzo de contorsión para cambiar la posición, muy poco le faltaría para quedarse atascado en el intento. Su traje no estaba preparado para una actividad tan grande, y su sistema de refrigeración no podía equilibrar el calor producido por tanto esfuerzo, las pulsaciones del cosmonauta se elevaban a 140-160 pulsaciones por minuto, y la temperatura de su cuerpo subiría 2 grados, el traje se inundaba de sudor. Finalmente consiguió darse la vuelta y cerrar la esclusa, a continuación se volvió a presurizar el compartimento y felizmente pudo acceder al interior de la Voskhod.

Pero los problemas no acabarían aquí, la expulsión de la exclusa hinchable causó una avería en el sensor solar encargado de orientar correctamente la nave para la maniobra de reentrada, además un deficiente ajuste de la escotilla de la cápsula dio lugar a que empezase a perderse el aire del interior. Afortunadamente los depósitos de oxígeno de la Voskhod tenían el suficiente aire como para compensar la pérdida, siempre y cuando el descenso no se demorase. Cuando en la órbita 16 se procedió a las maniobras de salida de órbita para iniciar el descenso, los retrocohetes no funcionaron debido a la avería del sensor solar, una mala orientación en la reentrada podría suponer estrellarse contra la atmósfera, o perderse en la inmensidad del espacio. El propio Korolev se haría cargo del problema y ordenaría a la tripulación la realización de una reentrada manual. Debido a que los cosmonautas llevaban el traje espacial puesto, esta maniobra se haría muy dificultosa, pero gracias a la pericia de los mismos la operación terminaría realizándose con éxito. Todas estas maniobras traerían consigo que la nave terminara cayendo a casi 2.000 kilómetros del lugar previsto. Pero los problemas seguirían sucediéndose, puesto que el módulo de servicio que portaba los retrocohetes no se desprendió de la capsula, y ahora la reentrada no se haría con el escudo térmico. Nuevamente la suerte estaba del lado de los cosmonautas, y debido al calor de la reentrada las sujeciones se fundieron, soltando los retrocohetes y orientando el escudo térmico contra la atmósfera. La capsula cayó en medio de los Urales en una zona nevada y de espesa vegetación. Los equipos de rescate no llegarían hasta 8 horas después, y los helicópteros tendrían que aterrizar a 5 kilómetros del lugar donde se encontraban los cosmonautas. Dada la inminente caída de la noche, a los cosmonautas les lanzaron prendas de abrigo desde el aire y pasaron la noche a la intemperie. Cuando llegaron al día siguiente los equipos de rescate, era tan tarde que Leonov y Belyayev se vieron obligados a pasar otra noche en aquel lugar, esta vez acompañados por una veintena de soldados. Al día siguiente se taló una amplia zona del bosque donde pudieron aterrizar los helicópteros, y por fin rescatar a los cosmonautas.

El proyecto Voskhod sería un gran triunfo de cara al exterior, al transportar por primera vez tres cosmonautas y realizar el primer paseo espacial, pero la pérdida de estos dos años de trabajos retrasaría la finalización de la nave Soyuz, y con ello la pérdida de dos años que serían fundamentales en la carrera por llegar a la Luna.

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lunes, 24 de mayo de 2010

El crimen de la Soyuz 1


Durante los primeros años de la década de los sesenta, los soviéticos habían adquirido una aparente ventaja sobre los norteamericanos en la llamada “Carrera Espacial”, sin embargo hacia la mitad de la década perderían el entusiasmo por seguir batiendo indiscriminadamente todo tipo de records. En la U.R.S.S. todo lo relacionado con la exploración espacial estaba en manos de los militares, y estos centraban su interés en la fabricación de misiles intercontinentales, dejando en un segundo plano el espacio. Durante los años 64, 65 y 66, los Estados Unidos llevarían a cabo su segundo y exitoso programa espacial, el “Géminis”. En él, se habían batido records de permanencia en el espacio, salidas extravehiculares, acoplamiento de naves en vuelo, y un ingente número de experimentos, adquiriendo los conocimientos básicos para lo que luego sería el viaje a la Luna.

En 1966 fallece el genial ingeniero jefe Serguei Korolev, dejando prácticamente diseñada la nave Soyuz. Al frente del programa espacial quedaría ahora su mano derecha: Vasily Mishin, hombre al que le faltaba la claridad de ideas y el carácter de su mentor. Bajo su dirección, se lanzan a finales del año sesenta y seis y principios del sesenta y siete, cuatro naves Soyuz, terminando todas en fracaso. Pero ahora, cuando los americanos comenzaban con el programa Apolo, vendrían las prisas. Bajo presiones políticas de Leonidas Breznev, se incurriría en una serie de riesgos que nunca habría admitido Korolev. El coronel Kirillov diría que aún había cientos de cuestiones técnicas sin resolver en la Soyuz, y por lo tanto aún no estaba lista. Pero las fuertes presiones políticas y militares, harían que el 23 de Abril de 1967, la Soyuz 1 estuviera en la rampa de lanzamiento. En una entrevista realizada al propio Mishin en 1990 diría: “…los altos cargos pensaban que estaban haciendo bien su trabajo si no paraban de gritar a personas que no tenían ni tiempo para quitarse el sudor de sus frentes…”

El programa de la misión era lanzar la Soyuz 1 con un único tripulante, y al día siguiente la Soyuz 2 con tres, una vez en vuelo se procedería a hacer un acoplamiento de las dos naves en el espacio, y mediante una salida extravehicular transferir a dos de sus ocupantes de una nave a otra, para luego retornar a tierra. De repente se quería recuperar el tiempo perdido, intentando hacer en un solo vuelo lo que los americanos habían hecho con diez Géminis.

La misión había sido encomendada al cosmonauta Vladimir M. Komarov (en la foto), que con este vuelo sería la primera persona que saliera por segunda vez al espacio, y como reserva se encontraba el mítico Gagarin, que parecía rehacer su vida incorporándose de nuevo al trabajo activo de cosmonauta.


Bajo este ambiente de pesimismo por parte de los técnicos, Komarov era puesto en órbita sin antes no haber realizado una prueba sin tripulación con éxito.

Nada mas alcanzar la órbita comenzaron los problemas. En primer lugar, uno de los paneles solares no se desplegó, con lo que el suministro de energía de la nave se vería reducido a la mitad. El segundo problema fue el sistema de actitud (posicionamiento) de la nave que no funcionaba, lo cual significaba que el único panel solar existente no siempre estuviera orientado al Sol. De igual manera, las antenas de envío de telemetría estaban situadas a lo largo de los paneles solares, con lo que los datos recibidos en la base eran escasos. Todos estos fallos iban repercutiendo unos en otros agravando aún más la situación.


Las baterías de la Soyuz en esta situación no podían ser recargadas, por lo que se estimaba que solamente tendrían energía para unas 17 órbitas. Las soluciones que se barajaban eran suspender la misión, o lanzar la segunda Soyuz y mediante un paseo espacial extender el panel solar. Afortunadamente, como luego se verá, se optó por la primera. Entretanto, los fallos se seguían produciendo en cadena, ahora era el control medioambiental de la nave que hizo descender la temperatura interior. Debido a la escasez de comunicaciones, las órbitas iban pasando sin poder preparar la reentrada. Cuando en la 16, las cosas parecían estar resueltas, los motores de frenado no se encendieron con lo que no hubo más remedio que apurar otra órbita más. Pero al no haber podido dar las instrucciones correctas para solucionar el problema, tampoco en la 17 se pudo efectuar el descenso. Las baterías estaban al borde del agotamiento, y gracias a la pericia y profesionalidad de Komarov, la reentrada se pudo realizar en la órbita 18. Una vez dentro de la atmósfera se abrió el paracaídas de frenado, el cual en breve tendría que extraer al principal, pero debido a un fallo de fabricación éste quedó atascado en su receptáculo. Ante esta situación, la nave de forma automática soltó el paracaídas de emergencia, quedándose enredado en el de frenado y no pudiendo desplegarse adecuadamente. De esta manera, Komarov se estrellaría contra el suelo Siberiano a mas de 150 km./hora.


En la realización del informe sobre las causas del accidente, se estimó un estudio del resto de las Soyuz en fabricación, detectándose en todas ellas el mismo fallo en el sistema de paracaídas. Fue una inspiración divina la decisión de no haber lanzado la Soyuz 2, puesto que sus tripulantes hubieran corrido la misma suerte.

Pero fundamentalmente el accidente de Komarov no se debió a causas técnicas, sino a causas político-militares. Por su parte los ingenieros no aconsejaban el vuelo, aunque debido a las presiones tampoco se atrevían a negarse explícitamente a realizarlo, y por otra parte los militares tiraban la piedra y escondían la mano, ya que si los ingenieros no se negaban, ellos tenían las puertas abiertas para tomar decisiones sin responsabilidades técnicas. Gagarín que en su día mantuvo una íntima amistad personal con Nikita Kruchev, mandó por el conducto reglamentario una carta al nuevo mandatario Leónidas Breznev, explicando los fallos de la nueva Soyuz, y aconsejando encarecidamente la suspensión del lanzamiento, pero dicha carta nunca llegó a su destinatario. A Komarov se le puso entre la espada y la pared, no dándole opciones bajo su condición de militar, a rehusar al viaje.

Las situaciones políticas a veces pesan más que la propia vida de las personas, y el mismo sistema hace que las responsabilidades se repartan para no aparecer nadie como culpable. Pero la muerte de Komarov no fue un accidente como tal, sino un auténtico crimen de estado sin rostro. Desgraciadamente esta situación no sería la primera, ni tampoco la última. Otro día hablaremos de ellas.

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jueves, 22 de abril de 2010

El incidente del Apolo 12


Cuando hablamos de las naves espaciales Apolo, se nos vienen a la memoria dos números: el once y el trece. Sin embargo, hubo otras más que llevaron a cabo misiones de gran trascendencia, y sufrieron incidentes que pusieron en peligro la vida de sus tripulantes y el éxito de la aventura espacial. Los gastos eran extraordinarios, y la gente empezaba a dudar de la rentabilidad de un programa lunar, por lo que cualquier tipo de fallo era ocultado discretamente dentro de sus posibilidades. Uno de los incidentes ocurridos en aquella época y que pasó inadvertido, debido fundamentalmente al éxito de la misión, fue el del Apolo 12.

La mañana del 14 de Noviembre de 1969 estaba bastante fea en Florida. Llovía ligeramente y había nubes dispersas a 250 metros de altura y completamente cubierto a 3.000. Todo estaba dispuesto para lanzar el supergigante Saturno V con tres pasajeros hacia la Luna. Ellos eran el comandante Charles Conrad, el piloto Richard Gordon, y el piloto del módulo lunar Alan Bean. Un avión de reconocimiento de las fuerzas aéreas confirmaba que no había indicios de tormenta en un radio de 32 kilómetros. A pesar de estas inclemencias, los ingenieros de vuelo consideraron que no había...
ningún problema en seguir con la cuenta atrás. Además, se contaba con la presencia del presidente Nixon, al fin y al cabo ya se había volado más veces con lluvia.



Alan Bean estaba nervioso, esta era una nueva experiencia para él, nunca había salido al espacio, sin embargo Conrad y Gordon ya eran veteranos de las Géminis. Mientras, John Aaron(en la foto), un joven ingeniero director de vuelo, se afanaba comprobando sus paneles de control, todo parecía correcto. Aaron había nacido veinticuatro años antes en Wellinton (Tejas), y se graduó en física en “Oklahoma Southwestern State University”. Terminada su carrera, se retiró con un desconcertante futuro al rancho de su padre, pensando que quizás la profesión de ganadero era la que le aguardaba. Sin embargo a instancias de un amigo, presentó una solicitud para la Nasa que en aquel momento buscaba ingenieros. Fue admitido y pronto se incorporó a su nuevo trabajo, especializándose en control de vuelo de sistemas eléctricos. Pocos meses después y con solo veintiún años, ya estaba trabajando en el proyecto Géminis.

Los Saturno V nunca habían dado ningún problema en los lanzamientos, no era de esperar que fuera a darlos ahora, todo estaba perfectamente controlado. De todas formas, tener tres hombres sentados sobre una bomba de más de 2.000 toneladas de explosivo no es para sentirse muy tranquilo.

Poco a poco, la cuenta atrás fue llegando a cero, y los motores empezaron a rugir de forma atronadora, como nunca se oyó ningún ruido sobre la faz de la Tierra. El cohete comenzó a elevarse suavemente sobre una nube de gas blanco que envolvía su base. Rápidamente se fue perdiendo entre las bajas nubes, y solo quedó por unos instantes la luz del fuego que brotaba de sus enormes motores. Pero pasados treinta y seis segundos algo ocurrió, todas las alarmas comenzaron a saltar. Conrad veía como se encendían sin ningún sentido todo un mundo de lucecitas, más parecidas a un macabro árbol de Navidad. El público presente había sido testigo de cómo un rayo había caído sobre el Apolo, el cual había alterado el funcionamiento de los controles. Su forma estilizada y su chorro de gases de escape habían actuado como un enorme pararrayos que serviría de descarga para la electricidad almacenada en las nubes. La descarga hizo saltar los circuitos de protección de la mayor parte de los sistemas eléctricos del Apolo, lo cual desactivó la fuente de energía principal, entrando las baterías de reserva. El nerviosismo atenazaba a los controladores, y las discusiones sobre posibles actuaciones comenzaban a proliferar. Había que tomar decisiones rápido, lo más prudente era abortar la misión, pero nadie estaba dispuesto a tirar la toalla tan rápidamente.



Dieciséis segundos después, un segundo rayo agravaba aún más todos los problemas. El cohete continuaba su ascenso como si el problema no fuera con él. La telemetría ahora no llegaba a la base, y los nervios iban en aumento. En aquel momento, ni los astronautas ni los técnicos de tierra sabían que un par de rayos habían caído sobre el Saturno. El cohete con su cápsula Apolo en la ojiva, estaba viajando en este momento a más de mil quinientos kilómetros por hora, y literalmente a ciegas. El director de vuelo Gerry Griffin se dirigió a Aarón, encargado de los sistemas eléctricos, pero éste no estaba recibiendo ningún dato telemétrico, por lo que no sabía ni siquiera si la nave seguía la trayectoria correcta. En aquel momento, recordó que hacía un año, en las simulaciones de vuelo había ocurrido un caso similar y cómo se había resuelto. Inclinándose hacia el micrófono que comunicaba con la nave dijo: “Apolo 12, probad SCE en auxiliar”. Ni el comandante Conrad, ni el director de vuelo Griffin, ni el responsable de comunicaciones Paul Weitz, sabían qué quería decir aquello. Pero Alan Bean, recordaba que cerca de su asiento, había un interruptor denominado SCE (de Signal Condition Equipment), el cual situó en la posición requerida por Aaron. A partir de este momento, las señales de telemetría se restablecieron, y el control de la misión fue capaz de determinar cuáles eran las condiciones actuales del vehículo. Poco a poco, todos los problemas se iban solucionando en el Apolo 12, y todo parecía indicar que la misión podía continuar. El resto del viaje se realizó sin ningún otro incidente, y la segunda misión de la historia a la Luna resultó todo un éxito.



Una vez terminada la misión, se analizó concienzudamente el incidente, y se determinó que en realidad no había sido una descarga de un rayo como tal, sino que había sido el propio cohete durante su ascenso a través de la atmósfera cargada de electricidad el que había provocado la descarga. De hecho en la zona no hubo más rayos ni antes ni después. A partir de aquel momento, el entorno de las plataformas de lanzamiento fue equipado con sensores encargados de medir la carga eléctrica presente en el ambiente; en las torres de lanzamiento se instalaron pararrayos; la nave Apolo fue ligeramente modificada para reducir los posibles daños causados por grandes descargas eléctricas; y los protocolos de lanzamiento también sufrieron distintos cambios en situaciones meteorológicas adversas. Todas estas mejoras técnicas aún se siguen manteniendo en la actualidad.


Recreación del lanzamiento del Apolo 12 según la serie:"De la Tierra a la Luna". El actor con gafas de montura negra da vida al personaje de John Aaron.

John Aaron, se ganaría el respeto y la admiración de sus compañeros, que aún se vería ratificado con su gran labor en el accidente del Apolo 13, cuando reprogramó todo el sistema eléctrico de la nave, con el fin de ahorrar la energía suficiente para las maniobras de reentrada en la atmósfera terrestre. Una vez terminado el programa Apolo, Aaron trabajaría en otros programas de la NASA como el Skylab o el transbordador espacial, siendo director del Centro Espacial Johnson hasta el año 2000 en que se jubilaría. En este momento es alcalde de un pueblecito del estado de Texas llamado Meadowlakes, que gira en torno a un campo de golf.

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viernes, 5 de marzo de 2010

El lado oscuro del "Aurora 7"





Los comienzos de la exploración espacial, estuvieron sometidos a situaciones de gran peligro. Solamente el buen hacer, y la pericia de los científicos los conseguiría reducir a porcentajes verdaderamente asumibles. No puedo decir lo mismo de la cantidad de militares y politicuchos, que presionaron constantemente a las administraciones para precipitar los proyectos, que los llevaría irremisiblemente a los mayores desastres y tragedias de aquellos años.
Constantemente se producían situaciones, que aunque no terminaban de forma dramática, en la Unión Soviética se silenciaban de forma rotunda. Por otro lado, Estados Unidos con su política liberal y transparente, hacía lo mismo pero de una forma más sutil.
El caso que les voy a contar, sucedió el 24 de Mayo de 1962 a Scott Carpenter(en la foto), el segundo norteamericano que orbitaría la Tierra, después del mítico John Glenn, en el vuelo MA-7 de la Nasa.
Hasta el momento, los norteamericanos habían lanzado cuatro vuelos tripulados al espacio. Los dos primeros, habían sido...
un simple y breve salto sobre la estratosfera. El primero de Alan Shepar, fue todo un éxito teniendo en cuenta su simplicidad. Sin embargo los primeros problemas vendrían en el segundo, donde Gus Grisson perdería la capsula al hundírsele en el agua, una vez había amerizado, por causas que aún hoy en día se desconocen. La siguiente misión sería la de John Glenn, esta vez orbitando tres veces la Tierra. Aquí se viviría la primera situación dramática de la aventura espacial americana. Una vez iniciado el camino de retorno, los indicadores del escudo térmico marcaban una avería en las sujeciones del mismo. Afortunadamente, todo fue un error, pero la incertidumbre hizo pasar un mal rato a los controladores de tierra, que estuvieron a punto de tomar decisiones que pudieron resultar fatales.
Los vuelos espaciales, eran televisados a una gran parte del mundo, acrecentando el morbo y las discusiones sobre la necesidad de asumir tantos riesgos. Por lo que las informaciones llegaban a la prensa de una forma solapada. Este fue el caso de Scott Carpenter en la misión “Mercuri 7”, hasta tal punto que hoy en día, aún no está del todo claro lo que sucedió en su nave, la “Aurora 7”. La misión de Carpenter, consistía en dar un mínimo de tres vueltas a la Tierra, y realizar una serie de experimentos de observación del planeta. Ya cuando llevaba órbita y media, el director de control de tierra Chris Kraft, le recriminó que estaba gastando demasiado combustible. Y al comienzo de la tercera, le ordenaron apagar los sistemas de posicionamiento manual, dejando la nave en modo automático. A partir de este momento, se activaron todos los protocolos para iniciar el camino de descenso. Lo cierto es que hubo un retraso en el encendido de los motores, que los controladores achacarían al propio astronauta, dando un buen susto a los telespectadores cuando no apareció hasta cuarenta y cinco minutos después de lo previsto, ya que cayó a más de cuatrocientos kilómetros de distancia del lugar programado, por lo que su rescate duró más de tres horas.



Rápidamente, la Nasa anunciaría a bombo y platillo el éxito de la misión, acallando así los posibles rumores que se cernían sobre los vuelos espaciales tripulados, pero rodeando este caso de un halo de escepticismo.
Oficialmente, la Nasa justificó el alto consumo de combustible, a un fallo en uno de los sensores de posicionamiento, lo que obligó a la nave a continuas correcciones con el consiguiente gasto, lo cual justificaría también el error del amerizaje. Sin embargo, pronto aparecerían rumores que no dejaban en muy buena situación al astronauta. Parece ser, según se diría, que la experiencia le sobrecogería de tal manera, que quedó extasiado ante el espectacular panorama que se cernía sobre su ventana, abandonando así sus funciones, y dedicándose a disfrutar del paisaje. Lo que está claro es que nunca más volvería a volar. En 1963, solicitaría la excedencia en la empresa, lo cual es considerado por muchos como debido a un cierto malestar con sus jefes. Posteriormente, en 1967, un accidente de moto le dejaría poca movilidad en un brazo, con lo que abandonaría definitivamente el cuerpo de astronautas.
A día de hoy, aun sigue la controversia sobre el caso del “Aurora 7”. Para unos, Carpenter resultó ser un incompetente en su trabajo. Pero para otros, el mal de todos sus males fue la avería del sensor de posicionamiento.
En el año 2001, la BBC, editaría un vídeo titulado: “Accidentes en el espacio”. En él, Scott Carpenter manifestaría:”…imagínate la máxima relajación que puedes alcanzar, eso es lo que es…, la visión desde esa altitud es transcendental. La combinación de esas dos cosas, es al menos adictiva.” Por su lado, Chris Kraft diría: “…creo que disfrutó mucho allá arriba…” Lo que sí está claro es que el personal de tierra no quedó satisfecho con el trabajo de Carpenter. Aunque también hay que decir que siempre existieron roces entre los controladores de vuelo y los astronautas, los cuales eran considerados como los “señoritos” del programa espacial.
Carpenter, siempre defendió su inocencia, achacando el alto consumo de combustible a la propia nave, sin embargo el posterior vuelo de Walter Schirra demostraría que se podía realizar ese trabajo, al volver a tierra con una buena cantidad de combustible.
Fuera como fuese, al día de hoy, lo que pasó en el Aurora 7, aún sigue siendo un misterio. Como diría Scott Carpenter: “Tiene un lado oscuro”.

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martes, 23 de febrero de 2010

Soyuz 5. A veces el diablo va, y se pone de tu parte.




A principios de los años sesenta, la Guerra Fría entre americanos y soviéticos, traslada su campo de batalla al “espacio”. Su objetivo: la Luna. Su objeto: la ostentación de poderío militar. Ambos países rivalizaban mostrando al mundo de forma discreta sus misiles capaces de cualquier cosa. Mientras los americanos caminaban con paso firme y lento, los soviéticos lo hacían dando continuos golpes de efecto: primer satélite en órbita, primer ser vivo, primer hombre, primera mujer en el espacio, etc. etc. … A pesar de la ficticia ventaja, los soviéticos perderían con la muerte de su genio y mentor, Serguei Korolev en 1966, todas las opciones de victoria. Mientras los americanos orbitaban la Luna a finales de 1968, los soviéticos aún estaban haciendo ejercicios de reencuentro y acoplamiento en la órbita terrestre. Y es entonces cuando acaece esta historia, la reentrada mas espeluznante de la carrera espacial.

La nave soviética Soyuz, estaba formada por tres cuerpos: El primero era el módulo orbital que era...
un pequeño habitáculo ovoide que servía de almacén, o para realizar experimentos. El segundo, con forma acampanada, era el módulo de descenso, donde viajaban los cosmonautas; en su parte superior había una escotilla que daba paso al módulo orbital, junto al paquete de paracaídas, y en su parte inferior estaba el escudo térmico y los retrocohetes que suavizaban el contacto con el suelo en el descenso. Y por último, el módulo de servicio de forma cilíndrica, que portaba todo el sistema mecánico de la nave.



En el momento de la reentrada, la nave soltaba el módulo orbital que se desintegraba contra la atmósfera. Una vez realizadas todas las maniobras pertinentes, se desprendía también del módulo de servicio, quedando en caída libre el módulo de descenso que afrontaba el fuerte calor de la fricción atmosférica con el escudo térmico. Por último se habrían los paracaídas y a pocos metros del suelo arrancaban los retrocohetes que suavizaban el contacto.

El 14 de Enero de 1969, la nave Soyuz 4 partía del centro de lanzamientos de Baikonur con el cosmonauta Vladimir Shatalov, rumbo al espacio. Al día siguiente lo haría también la Soyuz 5, en esta ocasión con tres cosmonautas: el comandante Boris Volynov(en la foto), el ingeniero de vuelo Aleksei Yeliseyev, y el especialista Yevgeny Khrunov. El objeto de la misión era acoplar las naves en el espacio, transbordar a dos de sus ocupantes de una a otra y retornar a tierra. Todo iba correctamente según los planes preestablecidos, hasta que llegó el momento de realizar la maniobra de reentrada de la Soyuz 5, ahora con un solo ocupante, el cosmonauta Boris Volynov. El módulo orbital se desprendió correctamente, sin embargo cuando ya se encaraba el contacto con la atmósfera, el módulo de servicio quedaba atascado y sujeto al módulo de descenso. En tal situación, la nave afrontaba el choque atmosférico con la escotilla de acceso al módulo orbital y no con el escudo térmico. Boris comunicó el problema a la base, pero estos se quedaron impotentes ante la situación. Intentó varias maniobras sin éxito, lo que le llevó a agotar el poco combustible de que disponía. La fricción exterior contra la atmósfera iba subiendo la temperatura en la capsula. Las gomas que sellaban la escotilla de acceso al módulo de servicio, se fundían y desprendían un humo negro asfixiante. Curiosamente Bolynov mantenía la serenidad, y arrancaba las hojas del libro de a bordo para colocarlas en el centro del mismo, y guardarlo entre sus ropas con el fin de protegerlo lo más posible, a la vez que grababa en la caja negra todas las incidencias que se iban produciendo en su trágico descenso. Puesto que la maniobra se estaba realizando de forma invertida, Boris permanecía colgado de los arneses de seguridad y no sentado sobre su sillón, situación ésta muy incómoda, incluso dolorosa. Cuando la temperatura se hacía insoportable, un fuerte golpe sacudió la nave, y de repente Bolynov caía sentado en su sillón. El módulo por fin se había desprendido, y la nave caía ahora con el escudo térmico por delante. El cosmonauta respiraba aliviado, se había salvado de una muerte segura. Pero poco le duraría esta tranquilidad. La nave caía descontrolada y girando sobre su eje, el combustible estaba completamente agotado, y los motores encargados de recuperar la estabilidad no se encendían. Llegado el momento, los paracaídas se abrirían de forma automática y quedarían enroscados sin posibilidad de abrirse, como así ocurrió. Ahora, Boris, se resignaba a morir aplastado. Pero cuando estaba a pocos metros del suelo, los paracaídas fueron cogiendo aire y rápidamente se abrieron. Por segunda vez en pocos minutos se salvaba de una muerte más que segura. La falta de combustible hizo que los retrocohetes de frenado no se encendieran, y el impacto contra el suelo fue terrible, hasta el punto de partirse varios dientes. Pero las penalidades no acabarían aquí. La capsula había caído en los Urales al atardecer y en medio de una fuerte nevada. La temperatura exterior marcaba 38 grados bajo cero. El equipamiento del cosmonauta no estaba preparado para aquellas temperaturas, y los helicópteros no localizaban el lugar de la caída. Todo apuntaba a que tendría que pasar la noche allí, y en aquellas condiciones la muerte le sobrevendría por congelación. Sabía que allí no se podía quedar, y que con aquella ropa no podría ir muy lejos. Decidió salir a la aventura, y después de andar a duras penas por la nieve, vio que detrás de una arboleda salía humo. Efectivamente, allí había una cabaña de un pastor que lo acogió aquella noche dándole abrigo. Al día siguiente los helicópteros localizaron la nave, y siguiendo las huellas dejadas por Volynov llegaron a la cabaña donde fue rescatado.

Pero las gracias y desgracias de Volynov no acabarían aquí. Pocos días después, en una cabalgata de cosmonautas en coches por las calles de Moscú, un francotirador erraba su tiro matando al conductor del coche en que viajaba Boris, el coche se estrelló y los cosmonautas resultaron con lesiones leves.

Como dice Joaquín Sabina: “A veces el diablo va, y se pone de tu parte”.

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